Por Ludovicus

Muy rico el tema, efectivamente el problema de la “sordera” de quienes rodean a los sociópatas es muy interesante. Sólo diré por ahora dos cosas:

1) que el análisis de la moral católica falsamente “tradicional” (en realidad moderna, postaridentina) tiene un marcado sesgo “garantista” clerical, como se advierte en los manuales de casuística, lamentable auge de la moral barroca tan bien descripta por Pinckaers o.p. . Se hace demasiado hincapié en la “fama” como bien máximo a tutelar, por encima de cualquier otro bien. Y adviértase que la difamación no es calumnia: aún difundir cosas verdaderas pero desconocidas de una persona hace incurrir en difamación. Es interesante ver que la película “La Duda” comienza con el sermón de un cura abusador glosando el famoso apólogo del “almohadón de plumas” (tan difícil como recoger las plumas esparcidas desde una torre es reparar la difamación).
Muy distinto es el enfoque de Santo Tomás, que establece claramente la excepción a la preservación de la fama cuando existen graves razones de bien común. Ni que decir en el caso de pederastia: aquí hay dos bienes en juego, uno importante pero relativo, el otro absoluto, dado que se juega la salvación del alma y de la vida de una persona, ni más ni menos. Los que conocen los efectos del abuso sexual, en especial en los niños, entenderán que prácticamente estamos hablando del bien supremo: la salvación de su alma, su identificación con la Iglesia de Cristo, su integridad espiritual, etc.
Este principio es el que ha fallado en estos casos: la “fama”, tanto personal como corporativa, prevalece sobre el principio de reducción de riesgo para un bien infinitamente superior, cual es la integridad espiritual, psíquica y física de un menor (recordemos, en el ámbito civil, iguales pulsiones garantistas cuando se trata de establecer registros de violadores o de advertir al vecindario respecto de los antecedentes de un ex convicto por tales delitos se trata).

2) Hay que analizar cuidadosamente, al modo que se hizo en los Estados totalitarios tras la derrota del nazismo, la responsabilidad de los que “no vieron ni oyeron”, los “sordos morales”, sordos pero no mudos al momento de hacer la apología de aquel de quien no les constaba su inocencia. Y que ahora, cándidamente, afirman que “no se dieron cuenta”, “que tenían todos los elementos para confiar”. Aquellos que emplearon, “ad nauseam”, argumentos claramente sofísticos, sin agotar las posibilidades de investigación empírica. En mi caso particular, recuerdo que me limité a leer los testimonios de las víctimas de Maciel, e inmediatamente me surgió la duda. Hombres grandes, sin nada que ganar, con la vida hecha (incluso un sacerdote en ejercicio), con testimonios realmente denigrantes para con ellos mismos. Lo menos que este material debía generar, en alguien de buena fe, es una duda o sospecha, que en conciencia debería haber llevado o a investigar más o a suspender el juicio, jamás al rechazo in limine de las alegaciones.
No prestar atención a estas evidencias, poner en automático el leit motiv de “calumniadores, resentidos, apóstatas” – aquí el garantismo no funciona, las calumnias están a la orden del día- entraña una responsabilidad moral muy grave.