Los recientes escándalos con los fundadores de comunidades y/o movimientos religiosos han planteado un serio desafío al uso y abuso de la imagen de “fundador” de una comunidad religiosa. El ocultarse detrás de una obra de bien pero viviendo doble vida o una conducta inmoral es el gran delito de los fundadores y porque no de los que permiten que eso suceda. Por años las víctimas han acusado, hablado, pedido algún tipo de justicia,  y por años la Iglesia Universal (todos los miembros) sólo han defendido, justificado, ignorado a quienes eran a los ojos de Dios los débiles. Ninguna de las víctimas contaba con el manejo mundial de los medios de comunicación, o la capacidad de viajar a través del mundo o llegarse a Roma para entrevistarse con el Papa, ser ovacionado y respetado como santo en vida… ninguna de las víctimas han tenido o tienen el poder que tienen los fundadores de estas comunidades. El hacer oídos sordos a las voces de los que han clamado justicia por años es el delito que cargamos y cargaremos muchos católicos necios. Quiera Dios darnos oídos para escuchar las voces de los débiles y la capacidad de descubrir los lobos escondidos en trajes de ovejas.