“TRAS EL UMBRAL, UNA VIDA EN EL OPUS DEI”

De María del Carmen Tapia

CRISIS VOCACIONAL

Los hechos que narro en este capítulo reflejan especialmente la manera en que operó siempre el Opus Dei y cómo opera -“mutatis mutandi”- hoy día, para crear una crisis vocacional en una muchacha. Las personas y los países pueden ser diferentes, pero la estrategia no ha cambiado con los años: glosando el léxico del Opus Dei sobre “la caza” y “la pesca” referido al proselitismo, diría que la misma tenacidad y astucia se siguen empleando para cobrar la presa. Alrededor de enero de 1948, el doctor Panikkar me invitó a colaborar con él en las actividades del Congreso Internacional de Filosofía que iba a celebrarse en Barcelona en octubre del mismo año. Esta invitación implicaba dejar la plantilla de “Arbor”, y, sin dejar de trabajar en el Consejo de Investigaciones Científicas, pasar a depender del Instituto “Luis Vives” de Filosofía. Y además sin seguridad de empleo después de dos años, ya que éste era un tiempo presupuestado para los preparativos y realización del Congreso, así como para la edición de las actas pertinentes. Por una parte, se trataba de un trabajo muy atractivo y la línea del mismo se ajustaba más a mis intereses personales. Aunque la cantidad de trabajo iba a ser mayor, la compensación financiera también era más alta. Por otra parte, pensé que tampoco era para mi “un gran qué” (en Venezuela, “no ser un gran qué” significa “no tener importancia) no tener seguridad de empleo después de dos años, puesto que para esa época pensaba estar ya casada y no vivir en Madrid. Compartía muy de veras la idea del doctor Panikkar de que este Congreso Internacional de Filosofía sería la reunión intelectual más importante en España después de la guerra civil. El doctor don Juan Zaragüeta, como director del Instituto “Luis Vives” de Filosofía, era el presidente del congreso. El doctor Panikkar era el secretario general y yo estaba encargada de los problemas administrativos inherentes al congreso y de las relaciones públicas del mismo. Terminado el congreso, tuve a mi cargo la edición de los tres volúmenes de las “Actas” (Actas del Congreso Internacional de Filosofía (Barcelona,4-10 octubre, 1948), con motivo del centenario de los filósofos Francisco Suárez y Jaime Balmes. Tres volúmenes, Madrid (Instituto “Luis Vives” de Filosofía), Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1949) . El padre José Todolí, O.P., sin ser oficialmente miembro de la junta directiva del congreso, al ser secretario del Instituto “Luis Vives” de Filosofía, siempre estaba dispuesto a echar una mano en lo que fuera. En aquella época se fundó también la primera Sociedad Española de Filosofía y eligieron a Panikkar como su primer secretario. Todo ello implicó, como lógica consecuencia, aumento de trabajo para mí; pero no me importaba porque todo ese conjunto de actividades me gustaba, especialmente lo relativo a la preparación del Congreso Internacional de Filosofía. Por otra parte, y desde un punto de vista personal, yo estaba tratando de prepararme cuidadosamente para mi matrimonio. Estaba convencida de que necesitaba un mayor cimiento doctrinal ya que la misa diaria que yo frecuentaba no era bastante ni mucho menos. Trataba de buscar un sacerdote inteligente y con mentalidad abierta para que me ayudara espiritualmente. La mayoría de mis amigas tenían un director espiritual que generalmente era un jesuita, pero yo no tenía, ni había tenido nunca, director espiritual alguno. He de confesar que más de una vez se me ocurrió preguntarle al doctor Panikkar si hubiera querido ser él mi director espiritual, pero después de aquella mañana en “Arbor” nunca más había hablado con él del menor tema personal. Mi impresión del doctor Panikkar como sacerdote era muy positiva, mayormente basada en las cartas que escribía a diferentes personas, cuyos nombres nunca supe, porque los ponía él después a mano. Los textos de aquellas cartas revelaban no sólo una inteligencia viva y amplia, sino también una gran apertura, discreción y sensibilidad. No era una persona autoritaria, sino todo lo contrario. Mostraba siempre comprensión hacia las debilidades humanas. Era un testigo vivo de sus convicciones cristianas. Casi a diario, Panikkar me entregaba para copiar a máquina dos o tres páginas de escritos suyos que titulaba “Cometas”. Muchos años más tarde, cuando en 1972, se editó su libro con este mismo título, el doctor Panikkar tuvo la deferencia de dedicármelo (Cometas. Fragmentos de un diario espiritual de la posguerra, Madrid (Euramérica), 1972). Recuerdo perfectamente, por ejemplo, el “corneta” que escribió con motivo del asesinato de Mahatma Gandhi. En estos escritos el doctor Panikkar reflejaba su opinión sobre acontecimientos sucedidos en esa época, lo mismo en España que en cualquier país del mundo. Cuando se dirigía a alguien sin nombrarlo, muchas veces intuí que se trataba de destinatarios reales. La verdad es que yo seguía estos escritos con un entusiasmo vivo. Otro dc sus manuscritos que me impresionó especialmente fue el de su libro “Religión y Religiones”. Era la primera vez que yo oía hablar de la pluralidad de religiones. De hecho recuerdo, casi textualmente, el diálogo que sostuve con el doctor Panikkar. Él me dio el manuscrito para copiarlo y, al revisarlo yo, vi que la palabra “religiones” estaba escrita siempre en plural. Hasta entonces mi educación religiosa estaba basada en el singular: un país, un presidente, un rey, una religión, etc. Me pareció, pues, que el manuscrito tenía un error repetido: la palabra religión estaba siempre pluralizada. Por ello, le advertí al doctor Panikkar que no había empezado a copiar el manuscrito hasta que él no lo revisara de nuevo, basada en el error que yo pensaba existía. Cuando le expliqué el aparente problema, él me preguntó con una sonrisa divertida: -¿Por qué piensa usted que hay un error en ello? -Porque usted puso “religiones” en plural considerando que todas las religiones son verdaderas. -¿Y cuántas “religiones” cree usted que son verdaderas? -me preguntó el doctor Panikkar. -Es verdad que hay muchas religiones, pero verdadera sólo una: la católica, apostólica y romana -le respondí. -Si según usted sólo hay una religión verdadera -prosiguió Panikkar- ¿cómo denomina usted a las otras religiones? -Bueno, “religiones naturales” -le respondí. -¡Ah! -dijo el doctor Panikkar en tono verdaderamente divertido-. Yo no sabía que para usted, la religión católica, apostólica y romana es “una religión artificial”… Trabajar con el doctor Panikkar era ampliar el horizonte para todos los que estábamos con él: Roberto Saumells (Roberto Saumells estaba en Estrasburgo y París estudiando, y en la Univers
idad de Estrasburgo como profesor de Cosmología. Era un colega encantador que siempre me ayudó mucho. Hacia 1950 entró al Opus Dei. Fue enviado después a Centroamérica. Ahora está en Madrid.
) y José Gutiérrez Maesso, entre otros. Después de dar mil vueltas para encontrar un director espiritual con el que yo pudiera encajar, y no encontrándolo, decidí un buen día lanzarme a preguntarle al padre Panikkar si podría ser él mi director espiritual. Yo tenía afán, como digo, por prepararme bien para mi matrimonio y el hecho de que iba a vivir en Marruecos me hacía pensar que tendría que entender otra cultura y otras costumbres, y enfrentarme con otro tipo de religión. Yo misma me quedé sorprendida una tarde cuando me oí preguntarle al padre Panikkar si querría ser él mi director espiritual. La verdad es que él también se quedó muy sorprendido y como si quisiera entenderme a mí por un lado, pero teniendo que ser sincero con su filiación al Opus Dei por otra parte, me dijo: -Muy bien, pero le advierto que yo soy muy exigente y temo que tendrá usted que ir a la residencia de mujeres del Opus Dei para hablar conmigo, porque no es cuestión de hablar aquí de temas personales. El padre Panikkar llamó al día siguiente al despacho para darme la dirección de la residencia de mujeres del Opus Dei: Zurbarán, 26. Y, como de pasada, me agregó que la directora se llamaba Guadalupe, pero que él no recordaba su apellido. Debo aclarar aquí algo que considero muy importante: yo siempre creí que, un sacerdote, por el mero hecho de su condición sacerdotal, separaba la relación entre la persona que dirigía espiritualmente y su filiación al grupo al que pudiera pertenecer, en este caso, al Opus Dei. ¡Pero qué error tan grande el mío! Acordamos una fecha. No creo que nadie pueda llegar a un sitio, después de cuanto yo había oído, con más recelo por un lado y mayor asepsia por el otro, que con los que yo llegué a la puerta de Zurbarán, 26, y toqué el timbre. Hasta aquel momento yo sólo conocía hombres del Opus Dei. Ahora, por primera vez en mi vida, iba a conocer a mujeres del Opus Dei. Me abrió la puerta una doncella de uniforme negro con delantal de satín también negro. Me sorprendió, porque a las ocho de la mañana no era el uniforme apropiado en ninguna casa española de aquella época. El uniforme negro era siempre un uniforme de tarde, excepto en algunas consultas de médicos. Le anuncié que tenía una cita con el padre Panikkar y me dijo que la acompañara. La seguí por los escalones de mármol blanco cubiertos de alfombra roja hasta llegar a la sala. La sirvienta me preguntó mi nombre y se fue dejando la puerta entornada. Me senté en el sofá que había en la sala y empecé a contemplar la habitación. Mi primera impresión fue que la habitación tenía una luz realmente mortecina. El sofá en el que yo me senté estaba adosado a la pared y junto a él había dos sillones pequeños de estilo victoriano tapizados en damasco de color rosado. Como lámpara de techo, una araña pequeña. A la derecha de donde yo estaba sentada había una mesa tipo inglés de alas, junto a una puerta que daba, sin duda alguna, a la habitación cuya puerta cerrada vi al subir por la escalinata. Sobre esa mesa había un volumen de “Camino”. Sobre una cómoda estaba la fotografía de una señora que yo pensé era -en mi supina ignorancia sobre aquel grupo- la fundadora del Opus Dei. Me informaron pronto que el Opus Dei no tenía fundadora y que aquella señora era “la Abuela”, la madre del Fundador. Me gustó bastante el cuadro de la Virgen que había en la habitación. Era una pintura de tipo clásico español sobre un caballete, y en él, flores frescas. Era un bonito detalle. De una pared colgaba la fotografía de un sacerdote, el padre Escrivá, me dijeron más tarde. No parecía muy mayor. La alfombra era de lana. También había en la habitación una vitrina con muy pocas cosas y de mal gusto: un abanico con dos o tres chucherías sin valor. La habitación en conjunto no resultaba atractiva. No había un solo libro en ella, más que el ejemplar de “Camino”. Tampoco había revistas de especie alguna. ¿ Cómo es posible que en el lugar de recibo de una residencia de estudiantes no haya ningún libro?, me preguntaba a mí misma. Un piano se apoyaba contra la pared, que posiblemente daba al oratorio, ya que fácilmente se oían las oraciones de la misa que venían de esa dirección. Media hora de espera fue un buen tiempo para revisar esa habitación desde mi sitio. Mi impresión de ella era que más se parecía más a la sala de alguna de nuestras tías mayores que a la sala de visitas de una residencia de estudiantes. Al finalizar las oraciones de la misa entró en la sala, muy sonriente, una mujer joven que se presentó a mí como Guadalupe Ortiz de Landázuri, directora de la residencia. (Guadalupe Ortiz de Landázuri estaba preparando en aquella época su tesis doctoral de Química. Fue la persona cuya intervención en mi entrada al Opus Dei fue decisiva. Era muy amable y bien educada y, sobre todo, muy perseverante en sus convicciones. En 1950, junto con otras tres españolas, Manolita Ortiz, María Esther Ciancas y Rosario Morán (Piquiqui), fue enviada por los superiores de la Obra a México para abrir allá la fundación de mujeres del Opus Dei). Su aspecto era agradable, parecía una persona capaz, sencilla e inteligente. Sin embargo, yo sostenía, dentro de la amabilidad de rigor, distancia, cosa, que, curiosamente, a través de los años, ella siempre me lo recordó con sus propias palabras: “¡Chica, eras tan distante!” Le dije simplemente que tenía una cita con el padre Panikkar. Mientras llegaba el sacerdote, Guadalupe, siempre sonriente, me inundó con una avalancha de preguntas: si yo era estudiante, si trabajaba, dónde vivía, a todo lo cual le contesté, también con una sonrisa, pero lacónicamente: “Estudio, vivo en Madrid y trabajo.” En ese momento llegó el padre Panikkar y Guadalupe, por supuesto, nos dejó. En esta primera conversación personal con el padre Panikkar yo le expliqué tanto mis intereses como mis preocupaciones espirituales, a todo lo cual él me escuchó con mucha atención. Me es fácil recordar que el primer libro que me recomendó como lectura espiritual fue “Historia de un alma”, de Sainte Thérse de Lisieux. La nueva relación con el padre Panikkar como mi director espiritual no interfirió con el trabajo diario. Existió siempre una fina línea divisoria entre el trabajo, con el ritmo impuesto por las tareas diarias de la preparación del Congreso Internacional de Filosofía, y mi dirección espiritual. Hacia marzo de 1948, el padre Panikkar iba a dirigir un retiro para jóvenes en la residencia de “Zurbarán”, al que decidí asistir. Yo había ya visitado varias veces esta residencia para hablar con él. Tenía yo entonces 22 años y la vida, como generalmente se dice, me sonreía en todos sus aspectos: era una mujer feliz y, según me dijo el padre Panikkar en más de una ocasión, reflejaba tanto el haber tenido una infancia feliz y normal como el sentirme orgullosa de mi propia juventud. La verdad es que yo disfrutaba de la vida. Era optimista, siempre curiosa por aprender algo nuevo, apasionada por leer y profundamente interesada en arte, especialmente en arte moderno. Estaba siempre dispuesta a cualquier reto. Estaba enamorada de mi novio y me sentía correspondida por él. Socialmente pertenecía a una familia que me permitía moverme con libertad en cualquier ambiente. El hecho también de que en mi familia había mucho contacto con el extranjero debido, por un lado, a que mi padre había cursado una de sus carreras de ingeniero en Inglaterra y, por otro, a que muchos miembros de mi familia se
habían casado con personas de diferentes nacionalidades, me abría en abanico un sentido de universalidad no demasiado corriente en esa época en España entre muchachas de mi edad. También es verdad que en la vida siempre tuve la característica de querer llegar al fondo de las cosas. Me gustaba conocer todo en profundidad y por ello huí siempre de lo frívolo. El cuadro anterior puede servir como base para explicar mi afán de prepararme a fondo para mi futuro matrimonio. Quería afrontar el nuevo estado con responsabilidad y hacer cuanto estuviera a mi alcance para construir una familia feliz y cristiana. Así pues, libremente y llena de buena fe, decidí asistir a aquellos ejercicios para reajustar mi vida espiritual frente, como digo, a mi futuro matrimonio. Mi novio y yo habíamos hablado del futuro y ambos estábamos totalmente de acuerdo en que nuestra vida de casados fuera no solamente cristiana de verdad, sino abierta a todo aquel que pudiera necesitar nuestra ayuda. Los problemas sociales fueron siempre en mi vida una preocupación muy seria. Cuando iba al colegio pensé que mi idea de querer ayudar a los demás podría ser signo de vocación religiosa, pero vi muy claramente que yo no tenía vocación de monja en absoluto. Por esto último, no temí asistir a aquellos ejercicios espirituales organizados por la residencia de “Zurbarán” y dirigidos por el padre Panikkar. La verdad es que pensaba que podría recibir una gran ayuda espiritual, especialmente guiada por este sacerdote. Mi novio estaba ya en Marruecos, como dije. En la víspera de los ejercicios, varios de sus compañeros vinieron a mi casa y me rogaron, prácticamente, que no asistiera a ellos. Temían, me dijeron con franqueza, que la gente del Opus Dei, mediante algunas de sus “artimañas”, me “pescara”. Me sentí casi ofendida por la insistencia en repetirme la misma cantinela y les dije que estaba más que alerta a cualquier cosa que pudiera parecerme “sospechosa”. Estaba plenamente convencida de mi fuerza frente a cualquier presión que el Opus Dei intentase. Por otra parte, al haber visitado varias veces esa residencia, pude notar que el ambiente era amable, sin ser pegajoso; las chicas del Opus Dei que había conocido me parecieron simpáticas, aunque bastante mal puestas, por cierto, en aquel entonces. El oratorio era recogido. Y además varias amigas mías iban también a hacer aquellos ejercicios ya que también el padre Panikkar era su director espiritual. No me sentía miedosa, ni tensa. Estaba tranquila. Puse de lado los consejos estridentes de los compañeros de mi novio, a quienes les respondí de mala manera que no se preocuparan tanto, porque quería a mi novio de veras y no le iba a jugar una mala pasada. ¿Cómo diablos iba a plantar a mi novio por el Opus Dei? ¡La idea era absurda! Mis padres no estaban muy entusiasmados con estos ejercicios espirituales, pero tampoco les hubiera gustado que hiciera cualquier otra clase de ejercicios. Por tanto, fui. Cuando estaba haciendo la inscripción, me encontré con que una amiga mía, María del Carmen Comas Mata, estaba también en la fila. Llena de asombro y casi molesta, me preguntó: -¿Qué demonios haces aquí? -¿Y por qué no? -le pregunté-. ¿Acaso no estás tú también aquí? -Sí, pero yo no les gusto. Y estoy convencida que contigo va a ser lo contrario. Tú les vas a caer bien y te van a complicar la vida. -¡No seas absurda! -le repliqué-. Yo he venido a hacer los ejercicios y eso es todo. -Por favor, no hables con ninguna de ellas -me dijo mi amiga en un tono más amable. Estaba hasta la coronilla de los temores de cuantos me conocían. Personalmente quizá no les tenía mucha confianza a las mujeres del Opus Dei, pero de mi director espiritual me fiaba totalmente. Creía plenamente en él porque en aquel entonces pensaba -¡con gran error por mi parte!- que los sacerdotes del Opus Dei eran totalmente objetivos para el beneficio de las almas. Los ejercicios espirituales empezaron con toda normalidad. Desde el punto de vista material, la casa estaba inmaculadamente limpia; el ambiente, agradable; las comidas, delicadamente preparadas en una época de escasez material en España; la mesa, muy bien servida; las mujeres del Opus Dei, solícitas sin ser obsequiosas. Por tanto mi impresión era muy positiva. Habían pasado ya dos días, cuando Guadalupe, la directora de la residencia, me preguntó que cómo iban las cosas y que si tenía cualquier duda sobre alguna cuestión espiritual, que no dejara de preguntarle. “Primera intentona”, pensé riéndome dentro de mí. Le contesté muy amablemente: -Estoy bien, muchas gracias. Era costumbre que, durante los ejercicios espirituales, el sacerdote dedicara una de sus meditaciones a los temas de “muerte”, “caridad” y “vocación” (referida ésta, generalmente, a la vocación religiosa y al matrimonio). La meditación sobre la muerte que dirigió el padre Panikkar fue espléndida; la mejor que recuerdo haber oído en mi vida: sencilla, clara, no aterradora. También dio la meditación sobre caridad de una manera muy linda. Pero no hubo meditación alguna sobre “vocación” en los primeros tres días de ejercicios. Sin embargo, una buena mañana, el padre Panikkar empezó la meditación parafraseando la canción popular de aquella época:
La hija de don Juan Alba dicen que quiere meterse a monja. Dicen que el novio no quiere. Y ella dice ¡que no importa! Al hacer una pausa después de esta estrofa, pudo oírse una risa casi general en el oratorio, pero el padre Panikkar continuó elevando el tono de su voz: -Y ella dice “¡que no importa!”, “¡que no importa!”. Continuó la meditación con la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón y, a renglón seguido, leyó el poema de Rabindranath Tagore, “El carruaje del rey”: “¿ Qué me puedes dar tú?”. Finalizando su meditación con el maravilloso poema de Oscar Wilde: “El ruiseñor y la rosa”. Ni qué decir tiene que la meditación, los ejemplos, las historias de generosidad oídas, calaron hondo. Generosidad, sacrificio. ¿Tenía algo que ver conmigo la chica de la canción de don Juan Alba? ¡No! Puesto que yo no quería ser una monja en absoluto. Pero ¿cómo podía interpretar al ruiseñor, el pajarillo que permitió al rosal que tomara toda su sangre para darle la oportunidad a aquel estudiante enamorado de que encontrase una rosa, una rosa roja en pleno invierno? ¿Qué es lo que realmente quería darnos a entender el sacerdote a través de esos mensajes literarios? La piedra había sido lanzada. El tema de crisis vocacional había empezado. He de decir con toda sinceridad que esa meditación fue el acontecimiento más serio de toda mi vida: el punto de partida de una crisis vocacional que cambió totalmente el rumbo de mi existencia. Para bien o para mal, yo siempre he creído en las palabras venidas de personas a quienes respetaba plenamente y en las que por consiguiente confiaba, sobre todo si se trataba de un sacerdote. Sumida en mis propios pensamientos, oí a Guadalupe, la directora, que me preguntaba: -¿Cómo interpretaste la meditación en tu caso? -Ése no es mi caso -le respondí-, porque yo no quiero ser monja. -¿No se te ha ocurrido nunca pensar en una vida religiosa? -continuó Guadalupe. -¡Oh, sí! -la contesté-. Pero fue hace mucho tiempo. Yo era una cría pequeña. Yo no tengo vocación de monja. Aclaré eso hace muchísimo tiempo. -Y agregué con gran sarcasmo-: Yo no soy la hija de don Juan Alba… -Por supuesto que no lo eres -replicó Guadalupe-. Pero yo no me refiero a la “vida religiosa” como tal. Como viste, el estudiante de la historia, el rico Epulón de la parábola…, el mendigo del poema de Tagore…, una persona le puede dar a Dios su riqueza; otra, su vida, y otra… ¡un novio!, ¿por qué no? ¿No se te ha ocurrid
o pensar en la posibilidad de dedicar tu vida al servicio de Dios; de regalársela, sin cambiar nada externo, simplemente como una mujer corriente? El Evangelio necesita leerse de acuerdo a nuestra propia situación. Todo es cuestión de generosidad. La verdad es que sus palabras me hicieron sentir incómoda, casi infeliz, considerando una posibilidad que no se me había presentado como “vocación religiosa”, sino como un “acto de generosidad personal”. Me sentí confusa en mi interior al escuchar aquel planteamiento. Por una parte, la meditación del sacerdote…; por otra, las palabras de esta mujer… ¿Acaso Dios se valía de ellos para hablarme o era esto la típica “artimaña” del Opus Dei que la gente temía? Interiormente yo me sentía en paz con Dios. Por supuesto, Dios no me iba a tocar la puerta pidiéndome algo especial, como Guadalupe señaló, pero ¿por qué yo, que precisamente trataba de plantearme un matrimonio verdaderamente cristiano? Con este montón de interrogantes decidí hablar con el padre Panikkar. Mis preguntas fueron claras y directas: ¿debería yo considerar su meditación como algo para ponderar respecto a mi propia vida a pesar de mi enamoramiento por mi novio? ¿Acaso no podía yo ayudar a cualquier persona con las dos manos siendo casada? ¿Debería olvidar en mi caso esta meditación? Su respuesta sonó clara y pacífica: No. Yo no tenía que considerar esta meditación como algo que no se refería a mí y a la posibilidad de dedicar mi vida entera al servicio de Dios. Todo lo contrario: debería considerarla seriamente y actuar en consecuencia, “a cualquier precio”, dijo marcadamente. Y añadió: -Rezaré mucho por usted. Le pediré a Dios que la ayude para ser generosa con Él, ¡con ese Dios que le ha dado tantas cosas en la vida! Esta noche rezaré por usted especialmente, frente al Santísimo. Era víspera de un primer viernes. El asunto de ser generosa con Dios me abrumaba horrorosamente: toda la responsabilidad estaba sobre mis hombros, ya que Guadalupe también me dijo que esta pregunta no se la hacían ellos a todo el mundo. Terminé los ejercicios espirituales en un mar de lágrimas y llena de angustia: enfrentaba el dilema de la posibilidad de terminar con mi futuro matrimonio dejando a mi novio, o de casarme sabiendo que no había respondido a la llamada de Dios y no había sido generosa con Él. El problema no era pequeño para nadie, y menos para mí, a mis 22 años de edad, que pensaba casarme muy pronto, y que por otro lado me preocupaban los problemas sociales y era lo que podríamos llamar una buena católica”. (
El padre Panikkar me contó unos días más tarde que muchas de las chicas que hicieron los ejercicios le habían pedido que les escribiera algún pensamiento en el reverso de una estampa que ellas le dieron y, que, aunque yo no le había pedido nada, él pensaba haberme escrito las líneas siguientes de Rabindranath Tagore: “Si lloras por haber perdido ci sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas). En los días siguientes después de los ejercicios, Guadalupe no cesaba de llamarme por teléfono, y de una manera sutil, y no tan sutil muchas veces, me preguntaba si no quería charlar con ella sobre “mi problema”. Ella me sugirió, y lo mismo el padre Panikkar, que le pidiera a mi novio que esperase un tiempo para que yo pudiera contemplar “sin presiones” esta inesperada posibilidad. No quisiera detallar, por lo doloroso, la sorpresa, el disgusto y el sufrimiento de mi novio que, al estar acabando su año de milicia, además de su trabajo en Marruecos, no podía materialmente venir a Madrid hasta varios meses más tarde. Por otra parte era un excelente católico y dentro de ese marco se veía pillado. Hizo lo más que humanamente pudo haber hecho en aquellas circunstancias y en esa época: habló con el padre Panikkar, quien le dijo que también él tenía que ser generoso y aceptar la voluntad de Dios. Nunca olvidaré en mi vida las palabras de mi novio: -Si me dejases por otro hombre, le partiría la cabeza. Pero ¿qué puedo hacerle yo a un Dios ante el cual me arrodillo cada día? Su angustia era muy profunda. Por las veces que habló con el sacerdote, por su sufrimiento, su infelicidad, por todo ello y por lo mucho que lo quería, me sentí espantosamente culpable. No tenía paz. Mientras tanto, me dijeron en el Opus Dei que el sufrimiento era normal, casi un paso requerido por Dios como signo de purificación. Me subrayaron una y otra vez que el sufrimiento había sido la piedra de toque para todos aquellos que entraron en el Opus Dei en la “etapa fundacional”. Me insistían en que debía dejar mi vida entera en manos de Dios sin querer pedirle nada a cambio. Y que éste era el sacrificio de la vida de cada uno por el bien de la humanidad entera a la que yo había querido “ayudar”, pero de forma diferente y limitada. Y todo ello me lo dijeron así, de un solo golpe. Naturalmente hicieron una llamada a mi educación religiosa, recordándome que debería seguir las sugerencias indicadas por la directora y mi director espiritual. Guadalupe me dijo que el Opus Dei era “la manifestación de la voluntad de Dios en la Tierra” y que el Fundador solía decir, producto de una inspiración divina, sin duda, que “el Opus Dei era la manera de convertir el mundo a Dios” y “el día que pongamos a Cristo en la cúspide de todas las actividades humanas, Dios atraerá el mundo hacia Él”. Pregunté si no podría ser yo un miembro del Opus Dei, pero de los casados, ya que en el Consejo de Investigaciones Científicas había hombres del Opus Dei, pero casados. Abiertamente la respuesta de Guadalupe fue que no. -Habrá mujeres casadas, quizá, pero no se sabe cuándo. -Y agregó-: Ésa no es la vocación para la que tú has sido llamada. Me repitieron hasta la saciedad que lo único importante para mí era mi generosidad hacia Dios y hacia las almas a través de mi compromiso con el Opus Dei. Dada mi manera de ser y deseando llegar al fondo de la cuestión -mi vocación- vis-a-vis Opus Dei, recuerdo que pedí que me dejasen una copia de las Constituciones para leerlas. Guadalupe se echó a reír con todas sus fuerzas y me dijo: -Pero ¿para qué las quieres?, ¿para qué? Por supuesto no me las dieron. Pero además en esa época no estaban escritas tampoco. Sin embargo tanto Guadalupe como las otras mujeres del Opus Dei, y asimismo los sacerdotes del Opus Dei, me señalaron que, con la promulgación de la Constitución “Provida Mater Ecclesia” (2 de debrero de 1947), el Opus Dei era el “primer Instituto Secular de la Iglesia Católica” y que además la Iglesia le había concedido el “Decretum Laudis” pocos días después de la promulgación de esta Constitución. También me explicaron que muy poca gente era capaz de entender esta novedad de la Iglesia, y que por ello, era necesario guardar una discreción extrema sobre el Opus Dei. De hecho, en ese tiempo, el Opus Dei se presentaba como la institución más moderna e innovadora dentro del seno de la Iglesia por el mero hecho de que mujeres y hombres, sin hábito o distintivo externo alguno, sin cambiar sus nombres a la manera de los religiosos, y sin vivir vida conventual, estaban plenamente dedicados de por vida al servicio de Dios. Las casas no tienen aspecto conventual tampoco y todos los miembros del Opus Dei deben seguir ejerciendo su trabajo profesional, ya que a través de él hay que hacer un fecundo apostolado para convertir el mundo a Cristo, además, por supuesto, de alcanzar la santidad personal. Después de varios meses de luchas y de haber oído sin parar que “mi camino estaba claro y que yo había sido elegida por Dios para esta nueva clase de apostolado”, rompí con mi novio y escribí la carta requerida al presidente general monseñor José María Escrivá, pidiéndole ser admitid
a como numeraria (miembro con dedicación plena) al Opus Dei. Ni qué decir tiene que, bajo la fuerte indicación de Guadalupe, mi directora en el Opus Dei, y de acuerdo a las normas de la institución, yo no podía decir ni media palabra de la carta escrita -que implicaba un compromiso absoluto de mi vida para siempre- absolutamente a nadie, mucho menos a mi familia o a cualquier sacerdote que no fuera del Opus Dei. Me sentía tan cansada y tan harta de todo que decidí irme al extranjero y poder pensar allí sobre los hechos sin la influencia de nadie. Fui a Francia y Suiza. Por supuesto Guadalupe no quería ni loca que me fuera, pero afortunadamente mi director espiritual consideró necesario mi viaje y me fui. En París vivía en la residencia de las dominicas francesas, el colegio al que había ido en España. Tuve la gran oportunidad de poder pasar también varias semanas en Mortefontajne-sur-Oise, la Casa Madre de esta orden. Allí pude hablar con la madre general, “mére” Cathérine Dominique, que me conocía desde mis buenos doce años y también con una religiosa, profesora y amiga mía, “mére” Marie de la Soledad, que no sólo me conocía perfectamente, sino que de cierta forma había sido siempre mi guía y confidente espiritual. Ambas no veían con claridad las metas y medios que usaba el Opus Dei. Por otra parte, eran respetuosas con la Institución, por el hecho de que la Iglesia la hubiera aprobado como Instituto Secular. No sólo me dijeron que rezara sin cesar para ver claro mi futuro, sino que me recomendaron con insistencia que consultara este hecho delicado de una posible vocación con otro sacerdote ajeno al Opus Dei y que también se lo consultara a mis padres. Estas religiosas, que me habían conocido de pequeña y que me trataron de joven, estaban muy preocupadas y, como digo, no veían clara mi vocación al Opus Dei. Estando en Suiza, y precisamente en Lucerna, decidí escribir a mi novio pidiéndole que viniera a Madrid para poder discutir juntos la situación. Nunca supe cómo logró permiso del ejército ni del director de su empresa, pero el caso es que vino y pudimos conversar. De nuevo volví a ser feliz y a estar tranquila. Y por supuesto decidí no volver a hacer caso a ninguna mujer del Opus Dei, tanto así que hablé con Guadalupe y le dije que se olvidara de mi carta escrita al fundador del Opus Dei pidiendo la admisión. Después de unos cuantos días mi novio regresó a Marruecos y dado que mi director espiritual no estaba en Madrid, lo llamé por teléfono para informarle acerca de mi última decisión de haber reanudado las relaciones con mi novio. Era el 14 de septiembre de 1948, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y ci padre Panikkar me dijo que con mi última decisión había aumentado el peso de su cruz, ya que estaba lleno de esperanzas apostólicas con mi vocación. Al cabo de muchos años, pude darme cuenta de que estas expresiones se repetían en boca de los superiores del Opus Dei cuando algún miembro se iba de la institucion. La verdad es que yo estaba convencida de que de ahora en adelante todo iba a ser fácil. Pero una vez más me equivoqué de plano: Guadalupe, por un lado, y mi director espiritual, por el otro, me repetían sin cesar que no había sido fiel a Dios y a su llamada. El tema era sutil y constante en charlas y confesiones. Por ejemplo, aún recuerdo que, cuando mi novio iba a regresar de vacaciones a Madrid, por muy pocos días, mi director espiritual me puso de penitencia que no me pintara, precisamente durante esos días. A todo esto yo seguía trabajando en el Congreso Internacional de Filosofía, que estaba ya para celebrarse en Barcelona. Un buen día, estando en el Consejo de Investigaciones, me telefoneó otro sacerdote del Opus Dei, José María Hernández Garnica, pidiéndome que fuera por la mañana temprano a “Zurbarán”, porque quería pedirme un favor. Por educación, fui. No tenía ni la menor idea de qué clase de favor quería pedirme este sacerdote. Sabía, sin embargo, que era el sacerdote encargado de la sección de mujeres del Opus Dei para toda la Institución, sacerdote secretario central era su cargo, en el que estuvo muchos años. A pesar de su brusquedad con las mujeres, pude comprobar a través de los años que este sacerdote era honesto con nosotras. Nada más llegar a “Zurbarán” me saludó y, sin el menor preámbulo, me pidió que no fuera a Barcelona para asistir al Congreso de Filosofía ni participara, por consecuencia, en ningún acto del Congreso que se celebrara en aquella ciudad. Frente a tal petición no sabía si darle un plantón e irme, o si contestarle algo fuerte. Me dominé lo suficiente como para explicarle que había dedicado mi tiempo entero a la preparación de ese Congreso Internacional de Filosofía y que lamentaba no poder complacerlo, ya que pensaba ir a Barcelona, conforme estaba previsto por toda la directiva del Congreso. Hernández Garnica recogió velas un poco y me explicó que, primero, me estaba pidiendo esto como favor porque yo no era un miembro del Opus Dei, pero que si yo hubiera sido miembro del Opus Dei me hubiera dicho esto como una orden y “sin comentarios”. Y, segundo, agregó, que la razón de pedirme que no fuera a Barcelona era porque en esa ciudad había sido el lugar donde el Opus Dei había recibido más calumnias. El hecho de que el ayudante del padre Panikkar en el Congreso fuera una mujer, podría dar ocasión a que la gente murmurase contra el Opus Dei. Lo que entonces no pude ver con toda nitidez, porque escapaba a mi sana ingenuidad, era que el Opus Dei no quería que, junto a la imagen de un sacerdote suyo, apareciera la imagen de una mujer joven. A lo largo de los años que viví en el Opus Dei pude comprobar que la separación existente entre los hombres y mujeres del Opus Dei, de acuerdo a las Constituciones, era total. Esta separación se acentúa especialmente cuando se trata de los sacerdotes y las mujeres del Opus Dei, tanto, que en este caso se convierte en una obsesión; a mi entender, reflejo fiel de la represión sexual de monseñor Escrivá. La petición de Hernández Garnica fue como si me hubiera volcado un jarro de agua fría sobre el entusiasmo con el que había trabajado en el Congreso, dedicándole lo mejor de mi capacidad y atención y al que también estaba previsto que asistiera en Barcelona como culminación de mi labor y donde tendría oportunidad de conocer a personas notables del mundo de la filosofía y de las letras. A pesar de toda la desilusión y el desagrado que me invadió, fui capaz de defender frente a Hernández Garnica mis puntos: 1) yo no era miembro del Opus Dei; 2) aunque había otras muchas personas en el comité directivo del Congreso, que no sólo eran hombres, sino también sacerdotes, nadie había dicho nada contra la presencia en el Congreso de las mujeres que trabajaron en él.

Cuando el padre Hernández Garnica comprendió que yo no estaba dispuesta a ceder y que iría a Barcelona, empleó el “chantage” diciéndome que si yo iba a Barcelona, los superiores del Opus Dei prohibirían al doctor Panikkar que asistiera al Congreso Internacional de Filosofía, y que, puesto que él era el secretario general y sabía hablar en todos los idiomas que oficialmente iban a emplearse en el Congreso, su ausencia resultaría un desastre. Y, como estaba convencido de que yo no tenía salida, me agregó que procurase dar una “amable excusa” a don Juan Zaragüeta, presidente del Congreso disculpándome de no poder ir a Barcelona… Yo estaba tan enfadada cuando le conté al doctor Panikkar la conversación que había tenido con el padre Hernández Garnica, que él me dijo muy de verdad que si yo quería ir a Barcelona que fuera, pero que, desgraciadamente, él tendría entonces que quedarse en Madrid. No tenía opción. Tenía que claudicar si no quería que el Congreso fuera un desastre. Cuando me excusé ante los miembros del comité del Congreso por no ir a Barcelona, muy amable y discretamente aceptaron mis excusas. Sin embargo, el padre Todolí nunca se tragó el cuento y siempre pensó que había sido una mala jugada del Opus Dei. No creo que tenga necesidad de explicar que desde aquel día el padre Hernández Garnica no fue santo de mi devoción… Años después descubrí que esta forma de actuar del Opus Dei no era un caso aislado en la historia de la Institución, ya que todos los sacerdotes del Opus Dei, además de los miembros llamados “inscritos” (aquellos numerarios que tienen cargos de gobierno o de formación) y de los superiores (ellos y ellas) están obligados a hacer un juramento especial llamado “juramento promisorio”. Este “juramento promisorio”, hecho sobre el Evangelio, lleva como consecuencia, bajo pena de perjurio caso de no cumplirlo, el que dichos miembros consulten con los superiores del Opus Dei cualquier asunto relacionado con su vida social, y profesional. Ello implica que, como la vida política también está relacionada con la social, los asuntos políticos, como el de si una persona puede aceptar un ministerio o no, sean también un asunto que merece ser consultado. Los miembros pueden seguir o no el consejo recibido, pero igualmente los superiores del Opus Dei, en virtud del voto de obediencia (que ahora, después de convenirse el Opus Dei en Prelatura, no se llama “voto” sino “compromiso”), pueden trasladar a un miembro de una a otra esquina del mundo si consideran que el no haber seguido el consejo dado es una “falta de espíritu” porque podría ir en perjuicio del Opus Dei. Esto, pues, es la gran farsa de la “libertad de que gozan los miembros en el Opus Dei”, tan declamada por sus superiores. Todos los sacerdotes del Opus Dei tienen, como digo, este juramento.  Prosigo mi relato: de octubre a diciembre de 1948, el Opus Dei lanzó una ofensiva para recobrar “mi vocación perdida”. Guadalupe Ortiz de Landázuri me repitió hasta la saciedad que no estaba cumpliendo la voluntad de Dios, lo que era como una tortura para mí. Igualmente me dijeron los superiores del Opus Dei, por activa y por pasiva, que “nunca podría ser feliz en mi vida ni tampoco podría hacer feliz a mi marido, todo ello por no haber cumplido la voluntad de Dios”. Estas palabras suenan suaves ahora comparadas con la presión a que me sometieron. Por ejemplo, mi director espiritual me dijo, entre otras cosas, que no le pidiera que celebrase mi matrimonio porque era tanto como invitarlo a un crimen. Guadalupe me dijo que rechazara como una sugerencia diabólica mi idea de consultar el tema de mi vocación con un sacerdote ajeno al Opus Dei. Ésta es la doctrina del Opus Dei enseñada por su fundador. A las nuevas vocaciones en el Opus Dei nos exigían que no mencionásemos nada de nuestro compromiso con la Obra a las familias de sangre, lo que originaba un gran conflicto muchas veces, teniendo incluso que mentir. Esta forma de actuar, llamada “discreción” por el Opus Dei, se traducía en nuestras familias por “misterio” o “secreto”, ya que nuestra actitud era incomprensible a ojos humanos. Por otra parte no puedo negar, como indiqué anteriormente, que el Opus Dei me resultaba atrayente como novedad secular. Me daba la impresión de ser un “avant-garde” en la Iglesia: me atraía la idea de santificar el trabajo ordinario, de ser misionera sin ir a ningún país remoto y pasando inadvertida, de no tener que cambiar el aspecto externo para llevar una vida de dedicación completa a Dios. En suma, me atraía ese modo de lograr la paz, la salvación del mundo, la de todas las almas, siempre a través del trabajo ordinario. Para los católicos que vivimos de cerca los horrores de la guerra civil, la perspectiva que presentaba el Opus Dei en aquella época era sugerente, porque despertaba todo un sentido de generosidad personal como remedio a los males que habíamos vivido de cerca. Me repetían entonces, una y otra vez, que dar por amor a Dios nuestra juventud, lo mejor de nuestra vida, nuestro íntimo amor humano, el sacrificio de un futuro social brillante, era un razonable precio a pagar. Sin embargo, lo curioso es que sea éste el mismo razonamiento que en los años noventa emplee el Opus Dei con las posibles candidatas. Hoy día, cuando la humanidad entera se estremece ante la carencia de los derechos humanos más básicos, como son la libertad, la vivienda, la nutrición, la alfabetización, etc., la doctrina del Opus Dei con respecto a los pobres, a la miseria, a las comunidades de base, por ejemplo, refleja una bochornosa ausencia de sentido cristiano y responsabilidad. Volviendo a mi relato personal, el día de Nochebuena de 1948 recibí en el correo una bellísima imagen de la Virgen que tenía impreso el lema “Ecce Ancilla” (“He aquí la esclava del Señor”). Debajo estaba escrita una frase de mi director espiritual: “¿Lo serás…?” Finalmente, el Opus Dei ganó en mi caso. Y en la víspera de Año Nuevo de 1949 rompí para siempre con mi novio, con el convencimiento total de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. Muchas personas me reprocharon mi conducta respecto a mi futuro matrimonio. Fueron también muchas las veces que oí a personas de mi familia y a amigos decirme que “era una mujer sin sentimientos y sin corazón”. Sólo Dios sabe la crisis dolorosa que atravesé hasta que finalmente me rendí a lo que yo creía ser “la voluntad de Dios”, como San Pablo, me dijeron, que no veía cuando cayó del caballo. No cabe duda alguna de que la forma en que el Opus Dei me presentó la vocación estaba basada en mi propia apasionada manera de ser y en que yo misma sabía que me gustaba hacer las cosas en profundidad. Es decir: ellos vieron mis ansias de apostolado y las encauzaron dentro del espíritu de la Obra. Me hicieron ver las limitaciones que el matrimonio impone a la tarea apostólica, lo cual planteó en mí todo un dilema. Vieron también que yo me desenvolvía bien socialmente y me señalaron que yo podría emplear esa capacidad para ayudar espiritualmente a mujeres de mi edad y más adelante, incluso a mujeres casadas. También me hicieron notar que, por mis vinculaciones, yo podía tener acceso a cualquier ambiente. Esto era verdad y yo tenía conciencia de que no hallaba barreras en ningún sitio adonde fuera. Me plantearon el dilema de si quería emplear este don para Dios o para mi propia vida. Es decir, me presentaron mi capacidad de liderazgo como un don que Dios me había dado para emplearlo a Su servicio. Todas estas ideas se entremezclaban en mi mente y en mi corazón y, al final, decidí que tenía que darle a Dios lo que me pidiera aunque fuera a costa del holocausto de mi futuro matrimonio y de herir profundamente los sentimientos de un hombre a quien quería con toda mi alma. Muchos me rechazaron totalmente por haber tomado tamaña decisión, incluyendo muchas personas de mi propia familia q
ue estuvieron desde un principio contra mi vocación al Opus Dei y a quienes nunca volví a ver hasta pasados veinte años, cuando salí de la Obra. Su comportamiento hubiera sido, sin duda, muy diferente si yo hubiera entrado en una orden o congregación religiosa, ya que en esa época, como digo, el Opus Dei era considerado misterioso y sospechoso. Solamente unos pocos, muy pocos, parientes míos y amigos, así como mi padre y mis hermanos, de alguna manera, y a pesar de la postura rotundamente negativa adoptada por mi madre hacia mi entrada en el Opus Dei, siguieron en contacto conmigo, a través de escasa correspondencia o durante brevísimos encuentros a mi paso por Madrid cuando me trasladaban de una casa a otra. Recuerdo siempre con emoción que mi hermano pequeño, un crío de doce años entonces, se las organizó y convenció a la mujer de servicio de mi casa para que lo llevase a verme a “Los Rosales”, el centro de estudios del Opus Dei en Villaviciosa de Odón, donde yo estaba viviendo. Mis padres nunca vinieron a verme a ninguna casa del Opus Dei, ni yo tampoco recibí permiso para visitar la casa de mis padres durante los casi veinte años que pasé en la Obra. Había dos hechos patentes: 1) que el Opus Dei siempre me tuvo alejada de Madrid, y 2) que los superiores del Opus Dei nunca se tomaron la molestia de visitar a mis padres y explicarles qué era el Opus Dei. La escasa información sobre esta institución que yo di a mis padres era nada en esencia, ya que en aquel tiempo las Constituciones del Opus Dei no existían, y por consiguiente no había información idónea escrita sobre esta institución que, por otra parte, no tenía tampoco la aprobación definitiva del Vaticano. Era corriente oír decir a nuestra directora en el Opus Dei, que los padres, muchas veces, eran el instrumento directo del demonio para arrebatar nuestra vocación incipiente. Otra de las primeras enseñanzas que el Opus Dei procura a las nuevas vocaciones es el que si alguien pregunta: “¿Cómo es la gente en el Opus Dei?”, se le responda: “Como todo el mundo debería ser.” Como final de este capítulo, me gustaría subrayar que lo que enuncio a continuación y lo que revelo en los capítulos siguientes sobre la organización y el proceder del Opus Dei era totalmente desconocido para mí cuando entré a la Obra, lo mismo que es desconocido para cualquier nueva vocación hoy día. A grandes rasgos, mis ignorancias sobre el verdadero “modus operandi” del Opus Dei eran: a) el no saber que por mi nombre y las circunstancias sociales de mi familia yo pudiera ser un blanco para sus filas, ya que intentaban reclutar personas conocidas socialmente; b)el hecho de que el haber abandonado mi futuro matrimonio fuera a usarse como motivo para que futuras vocaciones en parecidas circunstancias imitasen mi ejemplo; c) que el motivo de la risa de Guadalupe Ortiz de Landázuri cuando le pedí las Constituciones del Opus Dei para leerlas fuera debido a que las Constituciones no estaban ni escritas ni por tanto presentadas a la Iglesia para su aprobación; d) que la discreción que se nos exigía hacia nuestras familias no era más que temor debido a la débil situación jurídica del Opus Dei en la Iglesia. Oí decir a monseñor Escrivá años más tarde, hablando de las “batallas” ganadas por la Obra, que, en la época que describo, el Opus Dei estaba llevando a cabo la “batalla” jurídica. Claramente no querían complicarse en el ámbito social de nuestras familias. Y de ahí el silencio; e)que era desconocida la razón por la cual a las muchachas que asistíamos a la residencia de la Obra nos llamaban “las chicas de san Rafael”, lo que en la jerga del Opus Dei significa “posibles vocaciones”. He de hacer constar muy seriamente que, mirando estos hechos a la distancia de años, considero totalmente inmoral en la conducta del Opus Dei reclutar a las muchachas, exigiéndoles que hagan un compromiso de por vida al escribir una carta al padre (presidente general o prelado) para ser aceptadas en la Prelatura del Opus Dei, sin hacerles leer primero, a las posibles candidatas, las Constituciones, dándoles meses de reflexión y de consideración frente a la responsabilidad que tal compromiso encierra de por vida. Es curioso, por otra parte, que, de aquella idea original de “avant-garde” en la actuación, visualizada y predicada por el Opus Dei en los años cuarenta y cincuenta en medio del ambiente conservador de esa época, esta institución, llamada Prelatura Personal, se haya convertido hoy día en la organización más conservadora, retrógrada y sectaria de la Iglesia Católica Romana. Que la nomenclatura jurídica del Opus Dei haya cambiado de alguna manera y que en lugar de Instituto Secular se llame ahora Prelatura Personal; que se llamen ahora compromisos o contratos a los votos y el que éstos sean aún más sigilosos frente a terceros; el que a los consiliarios se les llame vicarios; el que a monseñor Escrivá se le llame ahora “nuestro Padre”, y al prelado, antes presidente general, “padre”, no implica cambio sustancial. El Opus Dei sigue siendo igual en su íntima estructura: un afán de ser “diferentes”, un hacer creer a la Iglesia y al Romano Pontífice que son indispensables en el momento actual de la Iglesia y un servirse de la misma Iglesia para sus fines propios. El Opus Dei, al cambiar su status de Instituto Secular -postura jurídica nueva en la Iglesia Católica, sin votos públicos ni vida en común a la manera de los religiosos, entre otras cosas- en Prelatura Personal cuya característica mayor es la libertad e independencia de que disfruta con ámbito mundial, y sin límites geográficos se convierte, sin salir del seno de la Iglesia, en una iglesia dentro de la Iglesia, con todas las características de una secta. (
B. R. Wilson, Patterns of Sectarianism, Londres, Melbourne, Singapur, Toronto, Cape Town, Auckland, Ibadan, HongKong, Nairobi (Heinemann), 1967, pp. 22-45.) Así como a monseñor Escrivá se le rendía en vida un culto basado en que era la encarnación del espíritu del Opus Dei, hoy día, como dije, los fines, todos, de la Obra tienden a acrisolar esa misma idea para llevar a monseñor Escrivá a los altares, a cualquier precio. Mi vida, pues, es un ejemplo, pero concreto y personal, de cómo el Opus Dei actuaba entonces y sigue actuando hoy día -“mutatis mutandi”- a fin de crear una crisis vocacional en la vida de una muchacha joven.