Artículo muy interesante que lo recomiendo. Vamos a ver si podemos hacer memoria de las bajas… recordar es un desafío al que invito a quienes tenga memoria de los sacerdotes ordenados por año y cuantos aún continuan siendo miembros del IVE. 

La falta de perseverancia en el IVE

Por ello, aunque detesto tener que revisar todavía mis opiniones y tener que abandonar mi forma de percibir o conceptuar, he acabado por reconocer, a nivel más profundo, que esta difícil reorganización es lo que se llama aprender y que, por desagradable que sea, conduce siempre a una percepción mucho más satisfactoria, por ser más exacta, de la vida.

Carl Rogers

Siempre me llamó la atención que, entre los críticos del IVE, nadie apuntase a este problema (hasta donde tengo conocimiento, por ahí se me escapa alguien que haya hablado del tema), que en mi opinión es el más sintomático de ese Instituto. Me llamó la atención porque para ser anticlericales, como decía Castellani, hay que ser buenos anticlericales pegando donde duele, porque si se escapa el tiro de lo esencial en realidad queriendo combatir algo se lo fomenta. Si doy falsos argumentos, o verdaderos pero no esenciales, contra alguien que comete un error, me hago parte del círculo de autoconfirmación de quien se equivoca, dándole fácilmente la posibilidad de rebatir mi argumentación o desviar su atención hacia otra cosa, quedándole la sensación al criticado que hasta sus mismos críticos lo confirman en su situación. Una buena crítica debe ser siempre desestructurante, pegar en el centro del problema, o no pegar en absoluto, sólo entonces tiene la posibilidad de hacer bien. Sólo en el momento en que se destroza la seguridad de una “estructura interpretativa de la realidad” aportando un dato o crítica que no encaja, se puede abrir una grieta para que entre un rayo de luz. Por supuesto el criticado podrá crear siempre metainterpretaciones sobre la crítica, pero el momento de zozobra desestructurante de ahí en más lo compromete para siempre, la luz quiso entrar, la luz le dio todo lo necesario para ver, pero lisa y llanamente el criticado no la dejó que penetrase en sus anquilosadas estructuras. Tuvo que elegir entre poner en duda los fundamentos de su sistema, que en última instancia gira en torno a su Yo, o estar tenso por algo nuevo, por algo que no se estructura a partir de sí mismo sino de la alteridad de lo real. La interpretación que dé a los hechos después de esa relampagueante novedad es decisión, es elección, es un querer abrirse a esa luz que me sacude entero o forzar voluntariamente a la inteligencia a que tape todas las rendijas generando una nueva interpretación. Y porque es decisión y elección lo comprometerá para siempre en el “res pondeo” (tomarle el peso a las cosas en latín o lo que es lo mismo “ponderar”) de su respuesta.
Ese momento de zozobra desestructurante es un chispazo de caridad fraterna y divina que no podemos negar a quien se equivoca pero que al mismo tiempo es lo único que podemos hacer por él. Es lo que hacía Cristo todo el tiempo con los fariseos en todos los niveles, nada más desestructurante que su “dad al César lo que es del César”, o “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, esto al nivel de respuestas verbales, o su “levanta tu camilla y anda” al nivel de actos, por supuesto “para que sepan que el Hijo del Hombre tiene el poder de perdonar los pecados”. Es entonces cuando tuvieron la luz necesaria para crear un nuevo paradigma no ya orbitante del Yo, sino tenso por la realidad que se presenta. Pero crear un nuevo paradigma es romper el viejo y eso duele señores, sí que duele, implica admitir la monstruosa realidad de que no somos el centro del mundo, una y otra vez, en un millón de niveles distintos, como quien pela las capas de una cebolla infinita, siempre hay que otra vez quitarle una capa de egocentrismo a nuestro paradigma interpretativo de lo real que es el verbo, el hijo, de nuestro Yo y de su potentísima fuerza de gravedad estructurante.
Por eso quería invitarlos a pensar y generar un debate sobre la escasa perseverancia en el IVE, un secreto guardado ad intra bajo mil llaves, un tema innombrable “porque puede crear tentaciones”, y jamás abordado en el IVE con un intento de autocrítica sincera.
Desgraciadamente no puedo aportar estadísticas totales, y no creo que nadie nunca las tenga porque las tendría que aportar directamente el IVE, pero sí puedo afirmar estadísticas parciales desde lo que conozco y conocí.
Desde lo que conocí con certeza (tal vez hoy en día eso haya mejorado, ¿por qué no?) puedo decir que al menos la mitad de los sacerdotes del IVE no persevera (o perseveraba, téngase en cuenta el carácter limitado de mi punto de partida fenomenológico para todas mis afirmaciones) en el Instituto, muchos simplemente dejan el sacerdocio y muchos otros pasan al clero secular. No conozco la realidad de otras órdenes religiosas ni las estadísticas pero la mitad suena un número grande, que alguien me corrija si me equivoco (respecto de lo que diré de los jesuitas), no tengo a mano los datos en concreto, pero ni siquiera los jesuitas en los momentos más álgidos del Vaticano II o post Vaticano II llegaron a un nivel tan bajo de perseverancia.
¿Por qué?
¿Por qué el nivel de perseverancia de los seminaristas es (o era siempre téngase en cuenta mi limitación fenomenológica) mayor que el de los sacerdotes?
¿Por qué lo que era un deslumbrante proyecto de sacrificio y entrega mientras eran seminaristas se convierte en una lúgubre prisión de sombríos carceleros (para la mitad que se va y para muchos de los que se quedan sinceramente “atados” a una respuesta que puede ser de fe, humana o sumisión a un mecanismo extorsivo, dependerá de cada subjetividad)?
¿Por qué en general (con todos los riesgos que las generalidades implican) los seminaristas son felices y entusiastas en condiciones precarias de vida y cuando son ordenados, en general, al poco tiempo dejan de serlo?
¿Por qué lo que parecía un proyecto sustentable de intensa realización y entrega en poco tiempo después de ordenado se convierte en un infierno (siempre hablo de aquellos que se van y de los muchos que se quedan atados, no hablo de todos)?
¿Son todos los que se van unos perfectos egoístas faltos de fe, entrega y heroicidad que no hacen otra cosa que buscarse a sí mismos?
¿Son los que se van los responsables absolutos y únicos de su defección como los condenados del Gran Divorcio de Lewis que se escapan del cielo porque quieren hacerlo y no hay nada que desde fuera se pueda hacer para ayudarlos (en nuestro caso se van del IVE porque quieren hacerlo y son los únicos responsables absolutos de su huida, sin ninguna responsabilidad en absoluto del lugar que debería contenerlos)?
¿O por el contrario la estructura del sistema los expulsa (con esto no pretendo eximir de responsabilidad a quien se va, sino poner las cosas en su justa perspectiva) no creando condiciones básicas y mínimas vivibles y soportables para poder perseverar, sobre todo al nivel de relaciones humanas?
¿Por qué mientras se es seminarista, en el contexto de una relación asimétrica, la consagración personal se percibe como algo viable y hasta de una intensa plenitud y cuando se debería entrar en la madurez de una relación simétrica (o si bien en algún plano nunca es propiamente simétrica pero seguramente de mayor simetría), de cada vez mayor apropiación de las propias decisiones, esa consagración se convierte en una camisa de fuerza y las relaciones con quienes deberían tender a simetrizarse, creando cada vez más espacios de apropiación, tienden en realidad a volverse una auténtica fuente de permanente frustraciones?
¿Por qué aun la mayoría de los que perseveran, mientras perseveran, tienen un bajo nivel de estabilidad en el destino asignado, no llegando por lugar a más de dos o tres años promedio?
¿Es el cambio de lugar o destino el único remedio para estas crisis?
¿Cuál es el tipo de inmadurez en la formación que termina generando esta inestabilidad?
Preguntas estas que alguién debería responder…