No sé si les ha pasado alguna vez de haber tenido una desilusión… desilusionarse de alguien. La desilusión es el resultado del quebranto de las expectativas que tenemos sobre alguien. Uno espera mucho sobre todo de quien uno quiere o admira, uno espera mucho de aquellos en los cuales se ha invertido energía, tiempo, dedicación, intimidad… La desilusión es como una bofetada en frio. Es un sentimiento difícil de describir y la razón normalmente es porque no tiene explicación o respuesta. Uno se pregunta why? ¿Por qué?
Y desgraciadamente, sea cual sea la respuesta, no calma el hondo dolor de la desilusión. La desilusión es algo no esperado, se produce de repente y es como una ráfaga helada en el alma. Nos deja estáticos por momentos, nos deja perplejos… fríos… es uno de esos sentimientos que, según la gravedad, empujan al abismo el amor que le tenemos a una persona. La desilusión es muchas veces el primer paso en la dirección contraria al amor. La desilusión pega tan profundamente, cala tan dentro del alma, que cuando la sufrimos ni siquiera deseamos confrontar el hecho, lleva tiempo salir de la perplejidad… nos deja confundidos y turbados… seguido por un silencio de las emociones muy particular. Ese silencio es el resultado del romper ilusiones, quebrarse interiormente.

Poco a poco después de una desilusión, todavía confundidos, comienza aparecer la bronca, la ira o calentura y un dejo de tristeza profundo. El desconcierto de la desilusión nos inclina a desandar lo recorrido, a dar la vuelta y caminar en dirección contraria dejando atrás a una persona de la que esperábamos diferente. Ciertamente que la desilusión no es un buen sentimiento pero todos estamos expuestos a sufrirla. Cuando entramos en relaciones con gente ‘libre’ corremos el riesgo de que un día tomen una decisión que pone en riesgo el camino recorrido. Nosotros no tenemos control de los demás, solo podemos confiar en su correspondencia y honestidad. No es uno el que se equivoca sino todo lo contrario.